Siempre lo supo, es gracioso como la vida se encarga de jugar al vidente con vendas en los ojos. No sabía nada, siempre me observó y pensaba que no me daba cuenta, craso error.
Miraba el techo de la pieza, mientras pasaba un intenso y extraño frio por mis mejillas. En posición fetal, sentía que mi espalda era escoltada… sabía que me quedaba una noche larga y seguramente muchas más. El televisor hacía ruidos por horas y horas. Muchas veces, como esa noche, me sentía en la rueda de la fortuna, sin poder bajar o no querer bajar, quien sabe que, solo éramos yo, la noche y esas voces lejanas emanadas del inservible televisor, que albergaba un vaso pequeño con agua y que al pasar de las horas había logrado entibiar.
Un ¡ especialista ! era la frase que entre parpadeos se me asomaba y rumiando tantas historias sin poder tragármelas, quien sabe…este especialista le haría bien a mi digestión.
Como dijo mi madre una vez “recordar que vamos a morir, es la única manera que tenemos para no temer a nada” o a algo así y si el lector quiere, puede sacar la comillas a esta frase y hacerse una propia, ya que este infierno es propio, con calor a la medida y entre esta o cualquier otra frase hay que lanzarse al vacío, en mi caso programe una caída libre al especialista.
Estaba esperando en la consulta, estaba yo, mi otro yo, mis problemas y dos personas más que esperaban ansiosas por entrar, lo noté, porque movían sus pies, ojeaban revistas cada dos hojas, miraban la hora y se paraban a mirar la puerta. Me los imaginaba entrando con paracaídas dispuestos a su propio lanzamiento.
¿Dónde aterrizarán? Por un segundo los escuche hablar lento, hoy me pregunto si era yo o ellos los ansiosos por entrar, pasaron ellos primero y entre tanto yo me cuestione desde el color palo rosa de la pared de la sala de espera, hasta que diablos hacía perdiendo mi tiempo, pensé que me deberían pagar a mí por hablar y compartir mi vida, incluso me iba a parar para hablar con la asistente para un reembolso y autorizar mi caso como materia de estudio, pero abstraída en este divagar, una voz envolvente, a hurtadillas por la entrepuerta me anuncio que debía lanzarme y aterrizar de frente con mis conflictos.
Ahora entiendo lo del sillón enorme y cómodo…seguramente es para amortiguar la caída.
Que te trae por aquí- la misma voz misteriosa del llamado, pero un tanto más amigable el tono, su puerta era el filo que cortaba dos mundos o muchos mundos…sin duda era el especialista y yo estaba sentada en la antesala de mis sueños, sin saber a qué lado del filo estaría al salir.
Un completo extraño, lo único que sabía sobre él, que había estudiado algunos años y que no importaba cual fuera el padecimiento, debía tomar algún fármaco y yo pensaba en el tibio vaso con agua que me esperaba, arriba del televisor ya que entre mis locuras y esta insufrible depresión un segundo antes de entrar al despacho del especialista, me acorde del televisor prendido.
Comencé a hablar y no me detenía, intentaba tragar saliva para no dejar salir esas palabras que me hacían sentir que prescribía mi receta. El estar hablando de voces y brisas nocturnas me hacía sentir cierto grado de locura, por suerte nunca le temí a los apodos.
Y el especialista habló y yo escuché
Agotada, llegue sin aliento a esa pieza, mi pieza de techo interminable. Había entendido el fondo, mas no completamente las partes.
Y comprendí que el vaso de agua no se entibiaba por ese viejo televisor, este era solo un intermediario, él siempre lo supo, maldito subconsciente que te reflejabas, y chillabas toda la noche, haciendo berrinches por salir, proyectado en la pantalla.
Estaba yo en la antesala de mi vida, mi nueva vida y pensaba en que lugar del filo de la puerta del especialista deseaba estar…si cómodamente en el gigante sillón que amortiguaría mi caída o en la ciudad, maldita ciudad antesala ingrata a veces, también de mis sueños.
Aquel vaso de agua…tiene ahora una flor
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